17 octubre, 2011
Piedras del molino
Piedras del molino. Domingo 16 de octubre, 2011. San felipe. 14:44 horas.
Desués de ir al santuario de Sor Teresita de los andes, tomamos rumbo a San Felipe. Veinte minutos nos tomó llegar, y casi como una reacción innata me acordé de él. Lo imaginaba caminando por las calles con su presencia imposible de ignorar, abriendose paso entre la gente con su panza, asi como caminan Rodrigo y Javier.
El auto se metio por el costaso de la plaza, Libertador Bernardo O'Higgins se llamaba la calle, hasta llegar a Riquelme, y la ruleta del tiempo se hecho marcha atras. Riquelme 51, Familia Silva Smith. Grandes casas enfiladas a lo largo de la calle, con terrenos separados por muros de adobe. La casa estaba en arreglos, pero no impidio que pudiera imaginarlo como el padre que era, llegando a su higar luego del trabajo, siendo recibido por sus hijos, queriendo ver Los tres chiflados.
Seguimos nuestro rumbo, volviendo hasta la plaza, encaminandonos hacia el cerro. Llegamos hasta la Piedra del Molino, un restaurant antiguo, con decoracion estilo colonial, que quedaba en una esquina que separaba la calle en dos direcciones, y al frente estaba la Viña Mendoza. Javier contaba que solia visitar diho lugar. Dormian en uno de los cuartos que dan a la calle, junto a la puerta principal, e iban a almorzar a la Piedra del Molino. Lindos recuerdos, sin duda. Me hubiera gustado que mi abuela estuviera con nosotros en este momento.
Empanadas hechas en horno de barro, eran de pino y tenian pasas. Ya no las hacen asi hoy en dia, estab rica. Una vez comi,os, tomamos rumbo de nuevo hacia la plaza, notando entonces que la casona en la que él trabajaba en esos tiempos, es hoy el lugar de un Homecenter. Una pena, y una imagen mas para el recuerdo.
09 octubre, 2011
Memories.
Cuando abrí los ojos, o sentí
haberlo hecho, estaba todo oscuro. ¿Dónde estaba? ¿Acaso finalmente alcancé la
muerte? Mi respiración era lenta, mi cuerpo estaba débil, apenas y podía
pensar, darme cuenta de lo que estaba sucediendo. Aunque en realidad, no sucedía
nada. Mi cuerpo se encontraba atrapado en los confines de la oscuridad y la
incertidumbre. Intenté moverme, y ahí estaba, enterrada en mi pecho. Aún podía
recordar el momento en que se me acercaba. ¿De verdad estaba muerto? ¿Se había
acabado todo? Entonces, ¿era cierto? Una estaca era el final de un vampiro. En
ese momento recordé lo que mi creador había dicho alguna vez: “No importa lo que digan los humanos de
nosotros, nada es verdad, o quizás si… Nuestros orígenes y nuestra naturaleza
son muy inciertos” Después vino su larga explicación de que desde la
creación de los vampiros han pasado tantos años, hemos perdido el conocimiento
de nuestras propias cualidades, y que al vivir cada cual por su cuenta, jamás
se ha logrado desmentir las creencias humanas sobre nosotros. Y ahora que una
estaca me ha matado… Ningún vampiro se va a enterar, y el mito seguirá en la
mente de la gente, en la mente de los vampiros. Algunos creyendo que es falso,
otros que es cierto. Pero ¿quién puede comprobarlo? Ningún vampiro me vio
morir, ¿O si? Intenté tocar la astilla, sacarla, pero mis manos apenas se
movían. ¿Por qué? ¿Habrá sido por perder mucha sangre? Aún puedo sentir cómo la
herida la deja fluir. Pero, si puedo sentir, ¿significa que estoy vivo? ¿Qué me
puede demostrar si estoy vivo o muerto? Todo está oscuro, tan oscuro... No
puedo moverme, apenas siento parte de mi cuerpo y mi mente divaga. Dicen los
humanos que los vampiros no tienen almas, que por eso no tenemos reflejo.
Entonces, ¿estoy vivo? ¿O soy un alma? ¿Qué es lo que me sucedió? Cerré mis
ojos nuevamente, creo, y me puse a recordar. Intenté pensar en mi infancia,
pero ya estaba muy lejana. Con suerte pude reconstruir una imagen de mi madre,
amasando lo que sería el pan para la semana, a la espera de que mi padre
llegara a casa, viendo pasar a las geishas por la avenida, acompañando a los
samurais que volvían a la ciudad después de la guerra. ¿Qué año era ese? No lo
recuerdo. Me impresiona lo frágil que es la mente humana, olvidan tan rápido.
Llego a envidiarlos, siendo vampiro, es casi imposible olvidar, recordamos muy
a la perfección todo lo que vivimos, por más duro que sea. Por eso no hay
mejores historiadores que nosotros, por que vivimos la historia, no la
olvidamos y vivimos para contarla por el resto de la eternidad. Respiré profundo,
buscando algo de relajación, intentando recordar, pues en ese momento, no tenía
nada más por hacer.
Veinte años tenía yo en ese entonces, trabajaba en el dojo a
dos casas de la mía, aunque no era gran cosa. Tan sólo debía ayudar a las
jovencitas que hacían el aseo. Que si necesitaban agua del pozo, que si había
que cargar los kilos de papas desde la bodega a la cocina, que si había que
acompañar en las compras para traer los víveres. Soñaba día y noche con poder
asistir a las clases en el dojo, quería aprender a usar la espada, ser un
samurai. Pero eso no era para mí, el destino dijo que no sería así. Esa noche
había discutido con mi padre, ya no recuerdo el motivo, como dije, la mente
humana es débil. Pasaba por el puente que daba al pasillo de cerezos en la
calle, cuando vi a un vagabundo acercarse. Parecía un mendigo, pero al verle de
cerca era un viajero. Estaba débil y pálido, caminaba vacilante, como si
estuviera a punto de desmayarse. Le ofrecí ayuda, y tan sólo me pidió que lo ayudara a cruzar el
puente. Grave error, apenas pasé su brazo por sobre mis hombros para ayudarlo a
caminar, sus dientes se acercaron a mi cuello como imanes. Desde ese minuto en
adelante recuerdo todo a la perfección. Dolor punzante en mi cuello, como si
estuviera por morir, una debilidad tremenda atacó mi cuerpo y el deseo de
vivir, el arrepentimiento de huir de casa me hicieron reaccionar. Intenté
alejarme, cayendo al piso, sintiendo como el dolor me torturaba por dentro. Mi
atacante intentó levantarme, volver a morderme, lo cual se convirtió en una
lucha. Únicamente acabó cuando, sin saber cómo, mi oponente me lanzó al río.
Desperté entonces en una de sus orillas, pero muchos kilómetros río abajo. La
corriente me había llevado hasta allí. Al buscarme la herida en el cuello, esta
ya no estaba. Había sanado, como si jamás hubiera tenido una, y en el intento
de reflejarme en el río para poder verlo, no vi nada. Desde entonces soy un
vampiro, sin querer serlo, sufriendo eternamente, vagando por el mundo en busca
de una forma discreta de alimentarme. Al principio lo odiaba, intentaba
alimentarme con comida, pero sólo resultaba en vómitos, y el instinto asesino
me ganaba. Desde entonces vi morir a la gente, sin morir yo nunca, vi la
evolución del hombre, de sus civilizaciones, de sus atrocidades. Ah, mis ojos
se cierran a momentos, es como si nuevamente fuese humano y tuviese sueño.
¿Significa entonces que estoy vivo, pero que me estoy muriendo? ¿Qué fue lo que
pasó exactamente?
En la mañana, el barco había arribado al pueblo y bajé de
él, perdiéndome entre la gente que recibía a los marineros. Había demasiado
sol, lo cual me hizo utilizar la capucha de mi capa. Aquello llamaba demasiado
la atención. Escuché incluso a un niño preguntarle a su madre qué era yo, pero
antes de que lo hiciera, yo lo hice. “Cazador de Vampiros”, contesté, con toda
la intención de ocultar lo que yo realmente era. Se asustaron, evidentemente,
pero me creyeron. Incluso me aconsejaron ir con el capataz, él podría ayudarme.
Pero no les hice caso, yo sólo buscaba escabullirme, como todas las veces que
llegaba a un pueblo, y del cual debía marchar por las sospechas de la gente.
¿Cuál es su afán de intentar cazarnos? De todas formas se matan entre ellos,
¿Qué tiene de malo que un vampiro asesine un humano? Ellos cazan a todas las
otras especies, incluso a si mismos se mandan a matar. No le veo el caso
inculparnos a nosotros de algo que es natural. Ellos se matan por odio,
nosotros matamos por hambre. Es lamentablemente necesario. Al menos a mi no me
gusta hacerlo.
Caminé por el pueblo, observando a la gente a mi alrededor,
casi acechando. Tenía hambre, necesitaba algo de sangre. Pero habiendo tanto
sol, no fue mucho lo que logré, tan solo llegué a dar a una posada, donde pagué
tres libras por quedarme durante la tarde, y poder volver en la noche, luego de
salir. Ya cuando la luna se asomó por mi ventana, salí a las calles nuevamente.
Había vagabundos, pero por experiencia propia sabía que no debía probar su
sangre. Eres lo que comes, no hay frase más cierta que esa. Encontré también
amantes escondidos entre los adoquines, gatos callejeros, trabajadores de la
aduana en el puerto, floristas junto al parlamento, carrozas aquí, carrozas
allá. Pero definitivamente no había ninguna presa fácil. Prefería aguantar unas
horas más, cuando la actividad en las calles cesara. Seguí paseando por el
pueblo, con intenciones de conocerlo, cuando sentí la presencia de otro vampiro
cerca. Pocas veces me había encontrado con alguno. “¿Quieres comer algo, novato?” Escuché de forma repentina y volteé
a ver. Era una mujer, de cabellera roja y sonrisa discreta, escondida también
tras una capucha. Asentí a su pregunta, quería comer más que algo. Quería
litros y litros de sangre. Su risa fue casi susurrada, y sus palabras para que
la siguiera también lo fueron. La seguí, habiendo confiado de inmediato, como
el tonto que era. Durante la caminata, supe su nombre, Margaret, y me dejé
llevar, seguí su voz, su encanto y caí en su trampa. Cuando llegamos a nuestro
destino, nos encontrábamos frente a una puerta de metal. Golpeó y una
ventanilla se abrió: “Vengo con un amigo”,
dijo Margaret. Entramos a la cantina y no habían pasado ni treinta segundos
cuando me ofreció una cerveza. La miré extrañado, se suponía que sabía que yo
era vampiro, como ella. Le dije que no, que prefería otra cosa, procurando
haberle dado la indirecta de mis deseos. Observó a la gente a su alrededor, me
sonrió y pidió disculpas con un gesto de arrepentimiento. Fruncí el entrecejo,
no le entendí en el momento, pero cuando un grupo de personas se me lanzaron
encima y comenzaron a atarme, comprendí a qué se debía. Había caído, había
caído en sus encantos y ella me había hecho caer con el dolor del alma que no
tenía. “Eres tan bonito… Qué lástima que
este sea tu destino”, la escuché decir, antes de que se la llevaran dos
hombres. Yo, en cambio, fui llevado a una mazmorra. Les escuché hablar. No
esperarían la luz del día para matarme frente al pueblo como suelen hacerlo, lo
harían allí mismo. Y entonces vi cómo se acercaba, una estaca a mi corazón. Una
punzada en el pecho, ah, cómo duele. ¿Cuánto ha pasado ya? No se en qué momento
perdí la conciencia, o morí, no lo sé. ¿Dónde estoy? ¿Qué hicieron después
conmigo? ¿Qué harán con Margaret cuando ya no les sirva? ¿Seguirá matando vampiros?
¿Cuántos habrá matado ya? Pobrecita, esclava de una raza inferior. De una raza
mortal. ¿Dónde se han ido mis fuerzas? Ah, el cansancio me está matando… ¿Qué
pasará conmigo ahora? Intento suspirar, pero no hay energías para eso, no hay
energías para nada más que pensar, oír la soledad, el silencio de la muerte,
insoslayable.
Un golpe, suena como a metálico, como a un metal golpeando
una madera. Suena a humanos, a humanos discutiendo, debatiendo, pero en un
idioma que no logro entender. ¿Qué estarán hablando? Puedo sentir movimiento,
vibraciones, sonidos desconocidos. ¿Qué está sucediendo? ¿Es este finalmente el
infierno? No creo que el cielo esté abierto para alguien como yo, ¿No dicen los
mandamientos que asesinar es un pecado? He matado tanta gente, sin malas
intenciones, pero matado al fin. Mis ojos están cansados, están cayendo, estoy
partiendo. El movimiento me está llevando, son como olas de mar mostrándome el
camino hasta el final, hasta no poder seguir siquiera pensando, porque comienzo
a cansarme cada vez más, a cada momento tengo menos energía. Se acaba mi
tiempo. ¿Por qué tuve que terminar así? Tantas cosas que faltaron por hacer,
tantas cosas por ver, tanto que sentir…
¡Luz! ¡Luz, joder, luz! ¡¿De dónde ha salido tanta luz?!
Estoy cegado, no logro ver. Cerré mis ojos. Siento movimiento a mí alrededor,
siento el calor de un ambiente desconocido. ¿Dónde estoy? ¿He llegado
finalmente al infierno? Siento conversaciones. Abrí mis ojos. Un nuevo mundo
estaba frente a mí: Eran personas, con capas blancas y algo extrañas, con una
escritura en su parte izquierda del pecho. Universidad de… No entiendo. Sus
facciones son toscas, bastante feas, con una expresión de asombro. Me están
viendo demasiado serios y con demasiada intensidad, ¿Qué ocurre? Son humanos,
eso ocurre. Los humanos odian a los vampiros, es natural, somos una amenaza
para ellos y nos temen, a pesar que ellos se hacen más daños que nosotros a
ellos. ¡Son tan estúpidos! Y ahora me ven con esa cara de idiotas que tienen. ¿Qué
tanto miran, bastardos? “Está vivo… Abrió
sus ojos…” Fue todo lo que hablaron, congelados viéndome en… Donde sea que
estuviera. Moví un poco mis ojos para ver mejor, ¿Acaso estaba… en un ataúd? ¿Acaso
me habían desenterrado? ¿Eso era el sonido metálico, una pala, golpeando con la
madera de un ataúd? Suena casi increíble…
“Está… Moviendo sus
ojos…” Sentí algo de cansancio, casi los cerré, pero la curiosidad me
estaba matando. Quería despejar mis dudas, quería saber qué era todo eso. Uno
de ellos acercó su mano a mi cuello. Estaba tibia, pero él solo dijo que la mía
estaba helada, y que no tenía pulso. Claro que no tengo pulso, los vampiros
somos coágulos andantes, sin circulación, sin vida aparente. Su mano, tan
cerca, hizo reaccionar mis sentidos. Olía a humano, olía a vida, olía a sangre.
Podía sentir el olor de su sangre a través de su piel. Era… Delicioso. Sin
darme cuenta de cómo, mis colmillos se enterraron en su muñeca con una rapidez
que no me conocía, que no me logré entender, ¡Estaba tan débil, por Dios! Mi
acción dio lugar a un griterío increíble, y como si la sangre de mi víctima
fuera un elixir, mi cuerpo se liberó del letargo inmóvil en el que se
encontraba, y en menos de dos minutos, ya había bebido toda la sangre de cada
individuo que se encontraba en aquella sala. Estaba vivo de nuevo, había vuelto
desde las entrañas de la tierra para volver a mis andanzas por el mundo. Salí
de mi ataúd, del que me mantuvo encerrado, del que me hizo cuestionar de mis
habilidades, de mi raza. Todo a mí alrededor era completamente desconocido.
¿Dónde estaba? ¿Qué eran esos objetos? Solo reaccioné a tomar en mis manos lo
único que conocía: Un libro. Era un diario, una especie de seguimiento de algo.
La última página, me sorprendió.
“13 de Octubre de
2011. Hemos encontrado un ataúd enterrado en el lugar de excavación. Las
fotografías respectivas fueron enviadas al laboratorio, y han sido clasificadas
al diseño Londinense de hace dos siglos. Las muestras de la madera, lo
demuestran. La madera está muy deteriorada, pero los preservantes de la época
la hicieron resistir hasta llegar a nuestras manos. El ataúd fue llevado a la
morgue, para abrirlo y examinar el cadáver en su interior. Esperamos haber
hecho un descubrimiento que pueda marcar cambios en la historia.”
Dejé caer el libro. No lo podía creer. Simplemente, no lo
podía creer. Estaba perdido en el tiempo, más de cien años lejos de lo que
solía vivir. ¿De verdad este era el año 2011? Y pensar que dejé Japón durante
el Gobierno Meiji…
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